Alitas de pollo agridulces



Soy un gran fan del pollo. Esto, dicho así, suena un poco a confesión de alcohólicos anónimos. Pero no es tan grave, aunque los puristas de lo sano dirán que a saber qué hormonas me estoy zampando entre pechuga y pechuga, porque es verdad que es muy difícil (si no imposible) saber con qué ha sido alimentado el pollo que nos estamos comiendo (queridos amigos, sí, el pollo es un animal que se cría en granjas, no se fabrica directamente en bandejas de porespan). Incluso algún mandatario imternacional ha tomado cartas en el asunto. Nosotros, ni caso. Hoy nos atrevemos incluso con la parte más denostada de este animal: las alitas, que, reconozcamoslo, no tienen mucha chicha pero son, a cambio, bastante económicas. Yo les veo un poco aire de bareto cutre con olor a fritanga, de estar muertas de risa (por no decir de asco) en la barra refrigerada junto a un bol de ensaladilla con cristalitos de hielo, blandengues y babosillas.

Dada esta introducción, que es de todo menos elogiosa, os preguntaréis por qué narices he traído hoy alitas de pollo al blog. Pues es que tengo también muy buen recuerdo de algunas alitas especialmente crujientes y sabrosas, y porque estaban en oferta, todo hay que decirlo, y encima no tenían mal aspecto. Y porque nada nos gusta más que darle una vuelta a un plato de poca enjundia y rescatarlo para el mundo de lo apetecible. No digo yo que el resultado vaya a salvaros una cena con el jefe, pero para un entrante entre amigos os puede suponer un éxito inesperado. La clave está en el rato que las dejamos macerando en el vino dulce, en la combinación con el fuerte sabor de la salsa de soja, el ácido del limón y el toque de orégano. Asadlas con cuidado de no inundarlas de salsa, añadiéndola poco a poco, y ya está, ese es todo su secreto.



Muy, muy, pero que muy fácil:

Ingredientes:

6-8 alitas de pollo.
100 ml de vino dulce espeso, tipo Mistela de Pasa, Pedro Ximénez, ...
50 ml de salsa de soja.
50 ml de zumo de limón.
Una cucharadita aprox. de orégano.

Preparación:

1. Pon música y prepara el vaso de la batidora, o cualquier otro con medidas, y una fuente honda.
2. Trocea las alitas en dos trozos, cortando por la articulación, si vienen enteras.
3. Coloca las alitas en la fuente, dejándolas todas en contacto con el suelo.
4. Mezcla el vino, la salsa de soja, el limón y el orégano en su justa medida en el vaso medidor.
5. Remueve bien 4 para que se mezcle todo.
6. Vierte 5 sobre 3, procurando bañar bien toda la carne.
7. Deja reposar, tapado, entre tres y doce horas (cuanto más tiempo, más sabor)
8. Enciende el horno a 180º. Dispón las alitas en una fuente y pincelalas con parte de la marinada.
9. Hornea unos 45 minutos, hasta que se doren y estén crujientes, bañando de vez en cuando con los restos del marinado.
10. Sirve caliente y come con las manos, si estáis en confianza. Están literalmente para chuparse los dedos.

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