Viendo la foto de la receta de hoy, me ha venido a la cabeza un asunto del todo intrascendente, que os importará tres pepinos pero que aún así voy a compartir con vosotros dado mi natural cansino: cuando salgo de excursión o viaje, siempre, invariablemente, me pasa que veo un pedregal, unas hojas secas amontonadas, un charco donde se refleja una rama, etc, y me lío a a hacerle fotos diciéndome "esta para fondo de escritorio". Lo normal, claro, es que cuando llegas a casa la foto en cuestión resulta ser una decepción absoluta y ves que el entusiasmo viajero se pega de bruces con el realismo del regreso. "¿Quien me mandaba a mi hacerle fotos al suelo?" es todo lo que aciertas a decirte a ti mismo.
El caso es que hoy nos han quedado unas galletas que así puestas en fila tienen como un no se qué de forma de guijarros que oye, las hemos puesto de fondo de escritorio y no han quedado mal del todo. Tienen la gracia de ser cada una de su padre y de su madre porque se hacen sin ningún molde, poniendo montoncitos en la placa del horno y dejando que el calor las aplane y las dore. Es mejor comerlas recientes porque tienden a ablandarse. Aunque eso no será un problema, porque están riquísimas, si alguien quiere dejar en comentarios algún truco para conservar las galletas crujientes, será más que bienvenido. Por cierto, la receta está basada en la del blog entre cupcakes y galletas.






